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Aire limpio entre vecinos: ¿podrá un grupo conjunto contra la bruma seguir por fin el rastro del dinero?

Para quien ha vivido una mala temporada seca en Singapur, Kuala Lumpur o Pekanbaru, la bruma no es un expediente abstracto. Es el olor a turba quemada que entra por la ventana, la carrera por las mascarillas N95, la jornada deportiva escolar trasladada bajo techo. Este año está entre los peores de la última década. Los incendios en Sumatra y Kalimantan, avivados por un fuerte El Niño que secó bosques y turberas, han teñido de naranja el cielo de tres países.

En ese contexto, los ministros de Exteriores de Singapur e Indonesia se reunieron el martes en Yakarta y acordaron trabajar en un grupo de trabajo conjunto sobre la bruma. La idea es sencilla sobre el papel: compartir información con rapidez, reunir pruebas a ambos lados de la frontera y, posiblemente, perseguir los activos de empresas vinculadas a los incendios.

Por qué importa el dinero

Ese último punto es el que conviene vigilar. Durante años, el debate regional se ha centrado en la extinción, los pronósticos meteorológicos y los índices de calidad del aire. Todo eso importa, pero trata el humo como un desastre natural y no como el resultado de decisiones empresariales. Buena parte de las quemas está ligada al desbroce para plantaciones, y las firmas que se benefician suelen financiarse, tener su sede o cotizar fuera del país donde empieza el fuego.

Singapur ya cuenta con una ley que le permite perseguir a empresas cuyas acciones en el extranjero provocan bruma en su territorio, pero aplicarla ha sido difícil porque las pruebas están en suelo indonesio. Un grupo que permita a los investigadores intercambiar mapas, registros de concesiones y datos satelitales podría cerrar parte de esa brecha. Si la recuperación de activos se hace realidad, cambiarán las cuentas para cualquiera tentado de desbrozar con fuego.

Una relación bajo presión

La reunión no llegó en un momento tranquilo. Las relaciones entre ambos vecinos llevan semanas tensas, y el ministro indonesio de Energía respondió hace poco con dureza a comentarios singapurenses sobre un contrato bilateral de suministro de gas, calificándolos de sermón. La bruma se convierte fácilmente en una cuestión de soberanía: a Yakarta no le gusta que le digan cómo gestionar sus bosques, mientras que los singapurenses, comprensiblemente, quieren respirar.

Visto así, un órgano conjunto es tanto una herramienta diplomática como ambiental. Da a ambos gobiernos un canal estructurado para hablar de algo doloroso sin intercambiar reproches en público. También permite a Indonesia mostrar que se toma en serio los incendios, cuando son sus propios ciudadanos quienes más sufren. En partes de Borneo, las autoridades han habilitado casi 500 puntos con oxígeno y tratamiento gratuitos, entre ellos un autobús reconvertido en refugio móvil de aire limpio.

Qué haría que funcione

Los grupos de trabajo son fáciles de anunciar y difíciles de hacer útiles. Tres cosas decidirán si este importa. Primero, la rapidez: los datos sobre focos y concesiones solo sirven si se comparten mientras el fuego sigue activo. Segundo, la transparencia: publicar qué concesiones arden una y otra vez presionaría a las empresas y a sus compradores de un modo que la diplomacia discreta no logra. Tercero, el seguimiento judicial: uno o dos casos ganados contra firmas bien conectadas enviarían una señal más fuerte que cualquier comunicado.

Hay además una dimensión regional. La ASEAN firmó un acuerdo sobre la bruma transfronteriza en 2002, y aun así el humo sigue llegando. Un modelo bilateral que funcione entre Indonesia y Singapur podría convertirse en una plantilla a la que se sumen Malasia y otros, dando por fin dientes prácticos a un viejo acuerdo.

Por ahora, el aire de Singapur ha mejorado gracias a los chubascos sobre Sumatra y Kalimantan. Pero el próximo año de El Niño llegará. La verdadera prueba del apretón de manos del martes será si, cuando llegue, los responsables de los incendios sienten el calor tanto como quienes respiran el humo.

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