Tras veinte años, un nuevo comienzo: por qué siguen creciendo los divorcios tardíos en Japón
En Japón se casa algo más gente y se divorcia algo menos. Sin embargo, un grupo avanza claramente en sentido contrario. Según las estadísticas demográficas definitivas del Ministerio de Sanidad, las parejas que habían convivido al menos 20 años supusieron un récord del 24,2 % de todos los divorcios en 2025, aunque el total cayó a unos 179.000. Los divorcios tras 30 años o más juntos fueron la única categoría que creció.
En japonés se llama jukunen rikon, traducido a menudo como divorcio «tardío» o «plateado». La proporción superó el 20 % por primera vez en 2019 y ha subido casi cada año desde entonces. Detrás de las cifras hay una reescritura silenciosa de lo que se espera de un matrimonio largo.
Una vida de cien años cambia las cuentas
Los consejeros matrimoniales en Japón suelen señalar un factor sencillo: el tiempo. Cuando a la jubilación a los 60 o 65 años le seguía una vejez relativamente corta, muchas parejas infelices simplemente esperaban. Hoy, una persona sana de 60 años puede contar con varias décadas más. Para quien ha pasado 30 años organizando un hogar en torno a la carrera de su pareja, la pregunta deja de ser «¿cómo aguanto lo que queda?» y pasa a ser «¿qué quiero hacer con ello?».
La propia jubilación suele ser el detonante. Un marido que apenas estaba en casa durante su vida laboral ocupa de repente el salón todo el día. Parejas sin rutina compartida descubren que tienen aún menos de qué hablar. Algunos abogados cuentan que muchas esposas se deciden cuando llega la indemnización por jubilación, porque es la primera vez que una parte significativa del patrimonio familiar se vuelve concreta y divisible.
Suelen ser ellas quienes lo piden
En los casos que llegan a los tribunales, las esposas presentan la demanda aproximadamente el doble de veces que los maridos. La incompatibilidad es el motivo más citado, pero la falta de aporte económico y el maltrato psicológico también pesan mucho. Los abogados de familia describen a clientas mayores que pasaron décadas en matrimonios donde se esperaba que se quedaran en casa y cedieran, y que ahora quieren una vida en la que su opinión y su dinero sean suyos.
El dinero sigue siendo el mayor obstáculo. Los datos laborales muestran una brecha generacional marcada: entre las mujeres de 25 a 44 años, la mayoría de las asalariadas tiene ya un empleo regular a tiempo completo, pero entre las de 45 o más, más de la mitad trabaja en empleos no regulares, peor pagados y con pensiones más débiles. Para muchas mujeres mayores, separarse sigue implicando un riesgo real de pobreza. Algunas eligen un camino intermedio: seguir casadas legalmente pero vivir por separado, algo que rara vez aparece en las cifras oficiales.
Teléfonos móviles y normas cambiantes
Las redes sociales también influyen. Mujeres de cincuenta y sesenta años ven a sus coetáneas viajar, estudiar o emprender, y encuentran en minutos información detallada sobre reparto de bienes, de pensiones y trámites legales. Además, ha crecido la conciencia sobre la violencia entre cónyuges, lo que facilita poner nombre a experiencias que a generaciones anteriores se les decía que soportaran.
Los hombres, en cambio, suelen describirlo como un golpe inesperado. Muchos dicen que no sabían que su pareja era infeliz. Los consejeros señalan que los hombres de esa generación a menudo tienen pocos amigos fuera del trabajo, lo que hace que un divorcio tardío resulte especialmente solitario y pueda aumentar los riesgos para la salud en la vejez.
Lo que dice de Japón
Sería fácil leer la tendencia como señal de ruptura familiar. Quizá sea más exacto decir que los matrimonios japoneses se miden con nuevos estándares. Las generaciones más jóvenes se casan con otras expectativas sobre tareas compartidas y doble sueldo, y la proporción de divorcios muy tempranos ha bajado por primera vez del 30 %. El auge del divorcio tardío podría ser la versión de los mayores del mismo cambio, llegada con décadas de retraso.
Para los responsables políticos, las cuestiones prácticas son las redes de seguridad: un reparto justo de las pensiones, vivienda asequible para mayores que viven solos y apoyo a quienes, a menudo mujeres, dejan matrimonios largos con pocos ahorros. Para todos los demás, las cifras llevan un mensaje más amable: nunca es tarde para preguntarse si la vida que uno lleva es la que quiere.